Llega el día en que nos preguntamos cómo es posible que de pronto terminase tanta felicidad. Nos quedamos solas, tristes y sumidas en nostalgias. Se nos quitan las ganas de todo porque todo giraba en torno a ese amor. Cuando en tu vida está la alegría, la felicidad y las ganas de vivir no se piensa en el adiós. Pero a veces ese momento llega, y es doloroso. Y cuando llega, ¿qué podemos hacer para ponernos de nuevo en pie? ¿Cómo asumimos ese dolor? Cuando se nos marcha el amor, cuando se ha puesto distancia entre los dos, nuestra parte afectiva, la misma que hasta hace poco nos hacía sentir amor, ahora nos duele y se resiente. No hay nada que hacer, sólo asumir que esa persona ya no estará junto a nosotras. Que los teléfonos se apagaron, los correos ya no llegarán, ya no habrá más esperas, y comenzamos a pasear por el calvario de la soledad. Pero debemos ser fuertes y enfrentarnos al dolor pues sólo así lo podremos vencer. Lo más difícil de esta etapa es la negación interna de estos dolorosos sucesos. Como humanas que somos, tenemos los dolores del mundo, y debemos aprender a convivir con el dolor y la tristeza. Llegará el día, en que te levantarás sin sentir tanta soledad, poco a poco te irás levantando, volviendo a hacer una vida normal, y como el tiempo siempre acaba haciendo lo suyo, cada vez te dolerá menos. Con el tiempo todo duele menos, pero dentro de nuestro corazón siempre queda el recuerdo de aquel amor, y eso nadie lo sacará de ti. Pasarán los años, quizás incluso vivas una vida totalmente diferente, y habrás encontrado otro amor que te dé calor… y de repente, sin esperarlo un recuerdo suyo viene a ti. Tal vez sea la melodía de una canción que escuchas a lo lejos, o un olor familiar que te devuelve el pasado a la memoria. Lloras porque le amaste, fue parte de tu vida, y piensas en todo lo que estarías dispuesta a sacrificar por poder verlo una vez más, por estar a su lado aunque sea desde lejos… Todo te recuerda a él, y el dolor te vuelve como lo hizo la primera vez. Todo ello es normal, los fantasmas del pasado siempre estarán con nosotras. No podemos borrar lo que ya ha sucedido, no se puede deshacer la historia de nuestras vidas. Pero sí podemos aprender a amar. Debemos saber amar sin que nuestro pasado traiga dolor a nuestras vidas. Con el tiempo debiéramos haber madurado, y los errores del ayer no volver a cometerlos. Debes saber amar con medida, aprendiendo de lo que hemos vivido; si en un pasado hemos confiado demasiado ahora ya no será tan fácil entregar toda nuestra confianza a los besos que saben a engaño. Con la experiencia aprendemos y maduramos. La vida siempre nos hace crecer en todos los sentidos, y aunque duela, debemos seguir adelante. Si sientes dolor, déjalo pasar y continua con tu vida actual. Seguramente no será un amor tan alocado como aquel, pero será un amor mesurado que traerá paz y tranquilidad a tu vida. El dolor de un adiós siempre duele, por ello hay que saber dejarlo volar para que puedas retomar tu propia vida. Soltando el pasado podrás encontrar la verdadera felicidad.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Llega el día en que nos preguntamos cómo es posible que de pronto terminase tanta felicidad. Nos quedamos solas, tristes y sumidas en nostalgias. Se nos quitan las ganas de todo porque todo giraba en torno a ese amor. Cuando en tu vida está la alegría, la felicidad y las ganas de vivir no se piensa en el adiós. Pero a veces ese momento llega, y es doloroso. Y cuando llega, ¿qué podemos hacer para ponernos de nuevo en pie? ¿Cómo asumimos ese dolor? Cuando se nos marcha el amor, cuando se ha puesto distancia entre los dos, nuestra parte afectiva, la misma que hasta hace poco nos hacía sentir amor, ahora nos duele y se resiente. No hay nada que hacer, sólo asumir que esa persona ya no estará junto a nosotras. Que los teléfonos se apagaron, los correos ya no llegarán, ya no habrá más esperas, y comenzamos a pasear por el calvario de la soledad. Pero debemos ser fuertes y enfrentarnos al dolor pues sólo así lo podremos vencer. Lo más difícil de esta etapa es la negación interna de estos dolorosos sucesos. Como humanas que somos, tenemos los dolores del mundo, y debemos aprender a convivir con el dolor y la tristeza. Llegará el día, en que te levantarás sin sentir tanta soledad, poco a poco te irás levantando, volviendo a hacer una vida normal, y como el tiempo siempre acaba haciendo lo suyo, cada vez te dolerá menos. Con el tiempo todo duele menos, pero dentro de nuestro corazón siempre queda el recuerdo de aquel amor, y eso nadie lo sacará de ti. Pasarán los años, quizás incluso vivas una vida totalmente diferente, y habrás encontrado otro amor que te dé calor… y de repente, sin esperarlo un recuerdo suyo viene a ti. Tal vez sea la melodía de una canción que escuchas a lo lejos, o un olor familiar que te devuelve el pasado a la memoria. Lloras porque le amaste, fue parte de tu vida, y piensas en todo lo que estarías dispuesta a sacrificar por poder verlo una vez más, por estar a su lado aunque sea desde lejos… Todo te recuerda a él, y el dolor te vuelve como lo hizo la primera vez. Todo ello es normal, los fantasmas del pasado siempre estarán con nosotras. No podemos borrar lo que ya ha sucedido, no se puede deshacer la historia de nuestras vidas. Pero sí podemos aprender a amar. Debemos saber amar sin que nuestro pasado traiga dolor a nuestras vidas. Con el tiempo debiéramos haber madurado, y los errores del ayer no volver a cometerlos. Debes saber amar con medida, aprendiendo de lo que hemos vivido; si en un pasado hemos confiado demasiado ahora ya no será tan fácil entregar toda nuestra confianza a los besos que saben a engaño. Con la experiencia aprendemos y maduramos. La vida siempre nos hace crecer en todos los sentidos, y aunque duela, debemos seguir adelante. Si sientes dolor, déjalo pasar y continua con tu vida actual. Seguramente no será un amor tan alocado como aquel, pero será un amor mesurado que traerá paz y tranquilidad a tu vida. El dolor de un adiós siempre duele, por ello hay que saber dejarlo volar para que puedas retomar tu propia vida. Soltando el pasado podrás encontrar la verdadera felicidad.
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